martes, 28 de abril de 2009

El Bosque de los Dioses ( ( Dievu Miskas ) The Forest of the Gods ) ( 2000 )



Producción lituana dirigida por Algimantas Puipa

Producida por la Baltic Film Group y dirigida por el realizador lituano Algimantas Puipa, “The Forest of the Gods” es la adaptación cinematográfica de la obra “Dievų miškas” (editada en castellano bajo el título “El bosque de los dioses”, editorial Raduga, 1986) del escritor Balys Sruoga (Baliui Sruogai, 1896-1947).
Poeta, dramaturgo, crítico teatral y profesor universitario, el 16 de marzo de 1943 fue llevado, junto a otros intelectuales lituanos, al campo de concentración de Stutthof. Acusado de alentar a sus alumnos en contra del alistamiento en las tropas del tercer Reich, tras su posterior liberación a manos del ejercito soviético ficcionó las visicitudes de su cautiverio en una obra que fue prohibida por el gobierno estalinista. Será en 1957, diez años después de la muerte de su autor, cuando la censura permita la publicación de la novela, considerada hasta ese momento como una visión cínica e inadecuada de las condiciones de vida de los prisioneros en los campos de concentración nazis.

En realidad, lejos de tratarse de una obra en la línea de “Si esto es un hombre” del escritor Primo Levi, donde la rigurosidad histórica fuese la nota predominante, Balys Sruoga se sirvió de los recuerdos de su período como prisionero del totalitarismo alemán de mediados del siglo XX para construir, no unas memorias, sino una metáfora sobre la condición humana puesta en el contexto de la degradación de los valores éticos fundamentales.

Precisamente esta es la atmósfera que trata de recrear la película que nos ocupa. En la misma, el actor Valentinas Masalskis da vida a “el Profesor”, alter ego del escritor lituano. De la mano de este personaje nos introducimos en “otro mundo” que, en la forma de una especie de colonia penitenciaria kafkiana, suspende las certidumbres morales adquiridas. Arrojados al magma de la locura, los habitantes de este universo incierto tratan, cada cual a su manera, o bien escapar del completo embrutecimiento, o bien dejarse arrastrar por la vorágine criminal a la que se ven abocados. Como si el caos circundante tratase de explicitar el esbozo de unas leyes físicas propias, solo comprensibles desde una inmersión profunda en su propio seno, esta tendencia de fuga de la realidad siembra en su génesis una fuerza de atracción que precipita a los personajes desde el horizonte de los sucesos (superficie cerrada que envuelve un agujero negro de jerarquías, procedimientos administrativos, rutinas, castigos y ejecuciones en el interior del campo de concentración) hacia un punto de singularidad dominado por el absurdo. Así, por ejemplo, el comandante Hoppe (interpretado por el actor inglés Steven Berkoff) mitiga su condición de máximo responsable de esta conradiana tiniebla de corazón rodeándose de una fantasía oriental. En concreto, convertirá a una de sus prisioneras en geisha, una suerte de Madame Butterfly que más tiene que ver con la idealización occidental del exotismo que con la realidad de la institución japonesa.
Por su parte, como contrapunto a este ambiente desquiciado, “el Profesor” opta por la ironía para sobrevivir a su cautiverio. Liberado del mismo por el “ejercito rojo”, nuestro protagonista verá como el abismo de sinrazón del que ha conseguido escapar se transforma en la pesadilla de ver coartada su libertad artística por medio de la censura estalinista.

La película no es un docudrama. Su cuidado diseño de producción aboga por una puesta en escena donde predomina la limpieza. Pulcra nieve, barracones apenas hollados, uniformes sin desgastar e, incluso, reclusos exhibiendo elegantes abrigos. Lo importante no es la recreación detallista de las condiciones de vida de los prisioneros en los campos de concentración alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Considerar negativamente este aspecto del trabajo desarrollado por el equipo técnico seria tan erróneo como dejar a un lado los valores artísticos de, por ejemplo, la obra de Stanley Kubrick “Senderos de Gloria” (Paths of Glory, 1957) por no “ensuciar” adecuadamente las trincheras por las que se mueve el coronel Dax (Kirk Douglas).
El estilizado ambiente representado sirve para resaltar la inmundicia moral de unos personajes inscritos en una historia que, si bien contiene ciertos tintes autobiográficos, es más una alegoría de la estupidez humana. El flanco débil que muestra un metraje que transcurre de forma un tanto lenta lo encontramos, en mi opinión, en un guión que apenas consigue aprovechar las ácidas e irónicas reflexiones del protagonista de la historia original.
No obstante, quien sienta curiosidad por ver este trabajo cinematográfico podrá disfrutar con un ejercicio coherente y cuidado, tal vez intelectual en exceso y alejado de propuestas más asequibles desde el punto de vista argumental (piensen, por ejemplo, en el film de Tim Blake Nelson “La zona gris” (The Grey Zone, 2001) y que cuenta en el reparto, entre otros, con Harvey Keitel) así como de unos actores que, al igual que en la adaptación que llevó a cabo Jean-Jacques Annaud en 1986 del libro de Humberto Eco “El nombre de la rosa”, agregan a sus dotes artísticas la fuerza de una fisonomía que dota de matices a sus respectivas interpretaciones.

Sin calificar.

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