sábado, 29 de enero de 2011

Hitler's Madman ( El loco de Hitler ) ( Hitler's Madman ) ( 1943 )

Producción estadounidense dirigida por Douglas Sirk

La historia del asesinato de Reinhardt Heydrich, un comandante de las SS, en manos de campesinos checos, luego de los horribles actos cometidos por los nazis en el pueblo de Lidice.

Según relata Douglas Sirk en el libro – entrevista que le dedicó Jon Halliday, HITLER’S MADMAN (1943) surgió a través de la iniciativa de un productor independiente, y de forma clara como una producción serie B –en concreto partió de la PRC, el estudio donde Edgar G. Ulmer encontró más estabilidad en toda su obra-, cuyo rodaje se realizó en una semana, durante el verano de 1942. Fue después, tras los pases que se realizaron de su resultado, cuando la película fue comprada por los responsables de la Metro Goldwyn Mayer, quienes obligaron al director a rodar algunas secuencias adicionales, siendo la misma estrenada en 1943. Señalaba Sirk que cuando la rodaron desconocían la existencia de la excelente obra de Fritz Lang –HANGMEN ALSO DIE¡ (Los verdugos también mueren, 1943)-, que sin embargo fue estrenada antes que el film que comentamos. En cualquier caso, sea antes o después del referente langiano –habrá que recordar que su aportación al cine antinazi no tiene parangón en el Hollywood de su tiempo-, lo cierto es que la obra de Sirk se entronca con otros exponentes auspiciados en aquellos años, bien por la propia Metro THE MORTAL STORM (1940, Frank Borzage), ESCAPE (1940, Mervyn leRoy) o por otros estudios como la 20th Century Fox THE MAN I MARRIED (1940, Irving Pichel)-. Se trata en su conjunto de propuestas inscritas en las coordenadas, bien sea del melodrama o bien en el género de intriga, llevadas a cabo para ejercer un factor propagandístico de cara al público norteamericano del momento. Es más, puede que en apariencia la definición de los personajes de los nazis, se pudieran caracterizar por sus tintes esquemáticos o estereotipados. Lo malo de todo eso… es que la realidad en esta ocasión superaba la ficción.
Dentro de dicho contexto, HITLER’S MADMAN se caracteriza no solo a nivel historiográfico por suponer el debut en el cine norteamericano de Sirk, sino la constatación de que a la hora de asumir su carrera en el seno de otra cinematografía, nuestro cineasta ya se caracterizaría por su madurez. Es más, ciertos pasajes de la película –que deviene de un notable interés-, demuestran su querencia como ese consumado estilista que poco a poco iría revelando con creciente intensidad. Una voz en off nos describe los orígenes y las tareas cotidianas de la pequeña, agrícola y minera población checa de Lidice, a la que muy pronto comprobaremos se haya sometida al domino de la invasión nazi. Hasta allí regresa uno de sus vecinos –Karel (Alan Curtis)-, en plena acción de resistencia tras aterrizar en paracaídas, con la intención de preparar a la población para organizarse y realizar sabotajes contra los invasores. Pese a subsistir entre los habitantes una clara hostilidad al III Reich, en especial sus vecinos más maduros se mostrarán reacios a erigirse como componentes de la resistencia activa. No obstante, una serie de acciones emanadas de la mente perversa de Reinhard Heydrich (impactante composición de John Carradine) –el denominado “protector” de Praga-, desarrolladas en perjuicio de la convivencia de la comunidad, irán de forma paulatina modificando la mentalidad de la población, expresado en un atentado que acabará finalmente con la vida de este, y culminando el episodio con el extermino de la población a manos de las directrices de Himmler.
Basado en un poema de Edna St. Vincent Millay –The Murder of Lidice-, el film de Sirk ofrece ya desde sus primeros fotogramas un anticipo de su conclusión de relato de un sacrificio comunitario, expresado en esa enigmática y estilizada escultura de San Sebastián que presidirá la plaza principal de la población, y que tanta –y hermosa- significación, tendrá en sus compases finales. A partir de la incorporación del espectador en ese contexto de opresión nazi vivido –por medio de la llegada de Karel, ayudado por el atrincherado Nepomuk (el gran actor cómico Edgar Kennedy)-, dentro de una mirada a la que le costará un poco entrar –existe en los primeros minutos cierto grado de pintoresquismo-, y a la que cabe unir la manera con la que se describe de forma paralela las primeras acciones de Heydrich –el episodio en el que este invade la universidad resulta algo arquetípico-. No obstante, será a partir de la acción directa de los seguidores de las directrices nazis en el contexto de Lidice, cuando la película se elevará de forma definitiva. Será una espiral que se iniciará con la detención de uno de los mineros, las gestiones efectuadas por su esposa y el mediador de la población –Jan Hanka (Ralph Morgan)-, ante el burgomaestre nombrado por los nazis, y la impresionante resolución del mismo, al aparecer en el domicilio de la familia del detenido el ataúd con sus restos, ante la desolación de su esposa –una imagen ciertamente desacostumbrada de mostrar en el cine de su tiempo-. Será el inicio de una serie de fragmentos en los que se observará la destreza que Sirk albergaba ya como estilista de la imagen, proporcionando al conjunto de HITLER’S MADMAN una contundencia y creciente impacto en el espectador. Será algo que advertiremos en el atropello que sufrirán los habitantes de la localidad, cuando el coche que porta a Heydrich cruce el camino de la misma. Una secuencia planificada con claras resonsancias del cine de Einsenstein, que culminará con el sacrificio del sacerdote, iniciando con ello la concienciación colectiva de la población, en especial del representante de los vecinos, que hasta entonces se había mostrado más renuente a participar de forma activa.
A partir de ese momento, la labor de puesta en escena de Sirk se despliega en una serie de set pièces magníficas, insertas todas ellas con un sentido de la progresión admirable; el encuentro de la mujer del burgomaestre –escéptica con los nazis, y ya totalmente desencantada al recibir la noticia de la muerte de sus dos hijos como voluntarios en el frente de Rusia- con el responsable de Lidice en la capilla de la Iglesia –ausente de la figura de su párroco, ya asesinado-, comunicándole la noticia del regreso de Heydrich por la misma carretera, la propia configuración del atentado de este, el terrible episodio de la agonía del execrable personaje –con una escenografía e iluminación propia del cine de terror, que mostrará la vulnerabilidad y rabia de alguien que se creía poseedor de un poder casi absoluto, y comprueba como nada se puede hacer por su vida, ni siquiera aliviar sus dolores. Heydrich anunciará en su lecho de muerte la caída del régimen –unas palabras premonitorias- ante un Himmler que cuando este fallezca se mirará al espejo –una de las señas de identidad más particulares del cine sirkiano-, proyectando su imagen ante él e invocando una serie de falsas manifestaciones cuando tenga que ponerse en contacto con el führer. Una vez más, los fastos del régimen tendrán una clara manifestación de su debilidad, así como el único elemento para provocar su prevalencia temporal; el poder del terror. Es por ello que Himmler dispondrá la destrucción de Lidice, dando con ello pié a un bloque final de desgarradora fuerza dramática, complementado con la huída de Karel y Jarmilla Hanka (Patricia Morrison), falleciendo esta en una persecución de dos soldados nazis, y enterrando su prometido a quien le acompañó en intenciones y en amor hasta su último suspiro.
Mientras tanto, Lidice se verá sometido de forma rápida y concluyente, deportando a sus mujeres y niños, y llevando a sus hombres a un pelotón de fusilamiento en la propia plaza de la iglesia. En un momento de dignidad cuando todos están a punto de ser ejecutados, Nepomuk iniciará el canto de un himno checo, que será coreado por todos los congregados mientras las metralletas ejecutan el dictado de Himmler. La ciudad será destruida ante la mirada de esa estatua que parecer sobrevivir a tanta barbarie, y ante la que emergerán la imagen de los muertos sobre la de la ruina y las llamas de la ciudad, ratificando al espectador de que su espíritu sigue viviendo.
No cabe duda que HITLER’S MADMAN no supera el alcance dialéctico ni la rotundidad del citado referente de Fritz Lang. Esa ya señalada dificultad en “entrar” en sus primeros minutos, la poco sutil manera con la que queda descrito Heydrich, o la presencia de matices caricaturescos como el que define al mediatizado burgomaestre, son pequeños elementos que pesan en un pequeño margen. Sin embargo, no cabe duda que Sirk expone arrojo, compromiso, fuerza e incluso lirismo –el ya señalado episodio final-, demostrando no solo su clara apuesta en contra de un régimen que estaba en aquellos momentos demostrando su atrocidad sino, sobre todo, unas maneras cinematográficas ya bastante configuradas en su madurez, a la hora de integrarse en el contexto de una cinematografía hasta entonces ajena a su vida.
























































































































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